Por Ricardo Sosa
Doctor y máster en criminología
@jricardososa
El Salvador, un país marcado por violencia estructural en sus 203 años de República, enfrenta un desafío adicional: la estrecha relación entre el consumo de alcohol etílico y los homicidios intencionales. Esta conexión, lejos de ser una mera coincidencia, se ha convertido en un factor determinante en la dinámica criminal del país.
Desde una perspectiva criminológica, el alcohol actúa como un desinhibidor, exacerbando las tendencias agresivas y disminuyendo la capacidad de juicio. En un entorno ya de por sí volátil, esta combinación puede resultar letal. Las estadísticas son alarmantes: un porcentaje significativo de los homicidios en El Salvador están vinculados al consumo de alcohol, ya sea por parte del agresor, la víctima o ambos al encontrarse departiendo. Lo que inicio como una reunión entre amigos, de la frase tan famosa de “tomarse un par” “dos que tres” se convierte en muchos casos en tragedias.
El alcoholismo, un problema de salud pública arraigado en la sociedad salvadoreña, se manifiesta en diversos estratos sociales, pero con mayor incidencia en comunidades marginadas, donde la falta de oportunidades y la desesperanza alimentan el consumo excesivo. Lo mismo sucede en los escenarios de fútbol donde parte de los aficionados llegan con la intención de alcoholizarse viendo un partido de su equipo favorito. En estos contextos, el alcohol se convierte en una vía de escape, una forma de lidiar con la frustración y el resentimiento.
La violencia intrafamiliar, un caldo de cultivo para la violencia homicida, también está estrechamente ligada al alcohol. Los episodios de violencia doméstica, a menudo desencadenados por el consumo excesivo de alcohol, pueden escalar hasta el punto de la tragedia, dejando un reguero de víctimas y familias destrozadas.
En este drama las mujeres son las principales víctimas que será cuestión de tiempo para que se convierta en feminicidio en los reportes oficiales.
La impunidad de hombres violentos alcohólicos que no son denunciados, otro factor que agrava la situación perpetúa el ciclo de violencia. La falta de consecuencias para los agresores, sumada a la normalización del consumo de alcohol como detonante de la violencia, crea un ambiente propicio para la repetición de estos actos.
Es crucial abordar esta problemática desde una perspectiva integral, que incluya medidas de prevención, intervención y sanción. La educación y la sensibilización sobre los riesgos del consumo excesivo de alcohol son fundamentales para generar un cambio cultural, y debe de prologarse el primer contacto con el alcohol de preferencia hasta alcanzar la mayoría de edad, y no como en la actualidad que es mayoritariamente en la adolescencia.
El fortalecimiento de los sistemas de salud y la creación de programas de rehabilitación son esenciales para atender a las personas con problemas de alcoholismo. La intervención temprana en casos de violencia intrafamiliar y la aplicación de sanciones ejemplares para los agresores son medidas necesarias para romper el ciclo de violencia.
La lucha contra el alcoholismo y su relación con los homicidios intencionales requiere un esfuerzo conjunto del Estado, las autoridades, la sociedad, y las empresas licoreras y cerveceras que operan en nuestro país.
Solo a través de un compromiso firme y sostenido se podrá construir un El Salvador más seguro y justo, donde el alcohol no sea sinónimo de violencia y muerte. El alcohol etílico o etanol en cualquiera de sus presentaciones, marcas, envases o adornos es un veneno al ingresar al cuerpo, y la transformación al acetaldehído es más dañino al ser humano que el mismo alcohol etílico. Es posible romper las cadenas del alcoholismo y evitar violencia a todo nivel, pero sobre todo homicidios.